LA AVENTURA DEL ANÁLISIS TRANSPERSONAL - La Divina Comedia


Autor: José Luis Paoli Bolio1

Cuando Dante inició su viaje al Paraíso se encontró de pronto en un lugar desconocido, fuera del tiempo lineal y del espacio conocido:

A mitad del camino de la vida,
en una selva oscura me encontraba
porque mi ruta había extraviado.

¡Cuán dura cosa es decir cuál era
esta salvaje selva, áspera y fuerte
que me vuelve el temor al pensamiento!

Yo no sé repetir cómo entré en ella
pues tan dormido me hallaba en el punto
que abandoné la senda verdadera.


Esta podría ser la descripción de una persona en el momento en que descubre que está atrapada en las redes de una necesidad interna: transformar su sufrimiento en una nueva y más saludable perspectiva de vida. Se encuentra extraviada, todo parece ir perdiendo sentido y, después de fallar muchas veces en el intento de encontrar la salida, acepta embarcarse en un viaje de autodescubrimiento. A partir de este momento empieza, con Virgilio, el tránsito por el Infierno porque, sin duda, el primer lugar que visitará con quien ha elegido como acompañante es el infierno.

Una crisis -y la concomitante aparición de patrones de conducta atípicos, cambios repentinos de estados de ánimo y otros desórdenes de la personalidad- es a menudo el preludio necesario para una vida más significativa y satisfactoria. Pero la transformación del sufrimiento sin sentido en una oportunidad para una nueva vida depende, por una parte, de la motivación y el potencial innato de cada persona y, por otra, del restablecimiento de la conexión vital entre la conciencia y el inconsciente. Este restablecimiento constituye el objetivo esencial del análisis transpersonal, cuyas bases teóricas y técnicas se encuentran principalmente en la psicología profunda de C.G. Jung y en el análisis del carácter de Wilhelm Reich. El contacto con los complejos, el tránsito por los arquetipos del inconsciente colectivo y la integración de ambos a la conciencia mediante el trabajo conjunto del análisis del significado de los síntomas y la destrucción paulatina de la coraza caracterológica constituyen los elementos de este proceso para despertar a lo que realmente somos.

Integrando técnicas tan diversas como el trabajo psicocorporal, la meditación, la postura, el movimiento simbólico, la respiración, la sugestión y los sueños, el análisis transpersonal colabora en ese movimiento consciente hacia la totalidad psicológica llamado Individuación. En otras palabras, el conflicto que significa esa relación afectiva poco satisfactoria, o ese prolongado problema laboral, o la dramática pérdida de un ser querido nos mantiene dándole vueltas a pensamientos, sospechas y fantasías que no nos dejan en paz; nos sume con frecuencia en estados de ánimo terribles; nos roba energía y nos vuelve torpes e incluso incapaces de adaptarnos a la realidad en constante cambio. Pero, al mismo tiempo, ese aparentemente insoportable conflicto nos empuja a un proceso de diferenciación cuya meta es la realización suprema de nuestra idiosincrasia innata.

En el análisis transpersonal distingo tres momentos: la catarsis, la introspección y la contemplación. Estos tres momentos, que pueden compararse con el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso de La Divina Comedia, son grados de profundización, conocimiento e integración de contenidos inconscientes, y pueden plantearse como momentos de una sesión de análisis, o como comportamientos demostrativos del proceso analítico en su conjunto.

    • Catarsis. En el momento catártico intervienen el cuerpo -su postura, respiración, emisión de sonido y movimiento- así como la imaginación activa. Es el inicio propiamente de un proceso profundo de desarrollo transpersonal; suele ser una experiencia caótica, de fuerte e incontrolada expresión emocional.
    • Introspección. El momento introspectivo es un diálogo interno; es reflexión, análisis y traducción a la palabra de la experiencia catártica.
    • Contemplación. El momento contemplativo es la observación pura de la propia historia; implica la presencia de un testigo ante los complejos, juegos dinámicos del carácter, síntomas y situaciones de dolor innecesario que se ha padecido, y de los que ahora, por verse a la distancia, es posible des-identificarse emocionalmente.

Primer momento del análisis transpersonal: el trabajo catártico
La entrada en el Infierno


Me pareció que contra mí venía,
con la cabeza erguida y hambre fiera,
hasta temerle parecia el aire.

Y una loba que todo el apetito
parecía cargar en su flaqueza,
que ha hecho vivir a muchos en desgracia.

Tantos pesares ésta me produjo,
con el pavor que verla me causaba
que perdí la esperanza de la cumbre.

Y como aquel que alegre se hace rico
y llega luego un tiempo en que se arruina,
y en todo pensamiento sufre y llora:

tal la bestia me hacía sin dar tregua,
pues, viniendo hacia mí muy lentamente,
me empujaba hacia allí donde elsol calla.

Mientras que yo bajaba por la cuesta,*
se me mostró delante de los ojos alguien que,
en su silencio, creí mudo.

Cuando vi a aquel en ese gran desierto
«Apiádate de mi -yo le grité-,
seas quien seas, sombra a hombre vivo.»


Así es, tal como Dante lo narra, el estado interno del que busca ayuda y puede ser ayudado. Desesperado, desorientado en el tiempo, extraviado en el camino, amenazado por una loba que lo aleja de la luz, finalmente grita: “¡Apiádate de mí!” Y cuando está totalmente desconsolado -sólo entonces- acepta sin orgullo la mano del que ofrece acompañarlo. Virgilio condujo a Dante al Infierno porque ése es el único camino al Paraíso. Así, es imprescindible entrar primero al caos para que se inicie la aventura. Sin embargo, la mayor parte de la gente no está lista o no quiere aventurarse a tránsito tan incierto. Es indispensable respetarla.

Según F. Beyme, por ejemplo, ninguna persona que quede por debajo del percentil 75 de una prueba de inteligencia como las matrices progresivas de Raven podría sacar provecho del análisis junguiano; y, por otro lado, según reporta el mismo autor, tanto las psicoterapias breves como de mediano plazo resultaron perfectamente adecuadas para el 95% de sus pacientes. "Sólo en uno de cada veinte casos me pareció indicado el análisis del inconsciente."

De aquí se impone la necesidad de reflexionar sobre la importancia de que los terapeutas dispongan de suficientes herramientas para colaborar en la resolución de los problemas de la mayoría de sus pacientes, que buscan ayuda psicoterapéutica únicamente para resolver determinados problemas a corto plazo. Después, y sólo en ciertos casos, se plantearía la posibilidad de una exploración profunda del inconsciente.

Existen también, desde luego, personas que sienten la necesidad de iniciar la aventura por el mundo interno; el llamado es impostergable y buscan entonces al analista, como Dante a Virgilio, para sumergirse en los infiernos.

Por lo que, por tu bien, pienso y decido
que vengas tras de mí, y seré tu guía,
he de llevarte por lugar eterno,

donde oirás el aullar desesperado,
verás, dolientes, las antiguas sombras,
gritando todas la segunda muerte;

y podrás ver a aquellas que contenta
el fuego, pues confían en llegar
a bienaventuradas cualquier día;

y si ascender deseas junto a éstas,
más digna que la mía allí hay un alma:
te dejaré con ella cuando marche;

que aquel Emperador que arriba reina,
puesto que yo a sus leyes fui rebelde,
no quiere que por mí a su reino subas.

En toda parte impera y allí rige;
allí está su ciudad y su alto trono.
iCuán feliz es quien él allí destina!»

Yo contesté: «Poeta, te requiero
por aquel Dios que tú no conociste,*
para huir de éste o de otro mal más grande,

que me lleves allí donde me has dicho,
pueda ver la puerta de San Pedro
y aquellos infelices de que me hablas.»
Entonces se echó a andar, y yo tras él.


Aquí empieza el análisis transpersonal; no antes, pues para iniciar el viaje se requiere ir bien equipado, o sea, tener un ego fuerte y apoyado en la realidad, y una alianza terapéutica consolidada. De no ser así se corre el riesgo de despeñarse y caer en el abismo.

El primer momento, la catarsis, implica el rompimiento de la defensa o coraza, ir más allá de la máscara y enfrentarte con la sombra. Esta disolución de la coraza sólo puede llevarse a cabo cuando acompañante y acompañado nos encontramos inmersos en el espacio transicional, un momento abierto a la formación de objetos psicológicos, sujeto a una percepción circular del tiempo, es decir, estar aquí pero también allá, donde se originó el complejo.

La catarsis, entendida como una fuerte e incontrolada reacción emocional que va acompañada del recuerdo traumático inicial, se presenta como producto de diversas intervenciones sobre la coraza caracterológica (como las utilizadas en vegetoterapia) o mediante otras técnicas: respiratorias, de contacto, de caída, etc., dependiendo del tipo de carácter que posea la persona con quien se esté trabajando. Aquí se vuelve indispensable hacer una reflexión sobre el concepto de carácter y sus alcances, así como sobre la catarsis, sus beneficios y peligros.

El carácter es la manera típica de comportamiento de una persona. Me gusta definirlo como el modo relativamente permanente en que alguien percibe el mundo y se comporta en él. El carácter es lo típico; aquello que caracteriza precisamente a una persona y la vuelve única. Va desde lo obvio, como su manera de caminar o levantarse; de respirar y mover las manos; sus preferencias en el comer o dormir, pasando por el modo de gratificar sus necesidades biológicas; la manera de definir si su entorno es amenazante y hostil, indiferente o gratificante y armónico; su manera de canalizar sus impulsos -defendiéndose o no de ellos-, hasta sus creencias y valores. El concepto de carácter está muy cerca del de personalidad y casi no se diferencia de éste, pues resulta prácticamente imposible diferenciar lo aprendido de lo heredado, excepto por algunos rasgos -en todo caso inútiles para el trabajo psicoterapéutico.

La forma típica en que un individuo se defiende y crea síntomas (tanto frente a sus propios impulsos como ante un mundo que percibe como amenazante) constituye un componente importante del carácter; pero resulta esencial tener presente que lo verdaderamente fundamental son las posibilidades de desarrollo particulares de cada tipo caracterológico. Hago esta aclaración porque para muchos terapeutas -alentados por el pensamiento de la bioenergética- el trabajo medular y casi único en terapia es el rompimiento de la defensa: "[...] la descarga de los sentimientos reprimidos y la disolución de las tensiones y bloqueos musculares crónicos -o sea, la defensa- tienen como fin aumentar la capacidad de la persona para el placer." Son éstas las metas de la bioenergética, es decir, romper la defensa y ponerse del lado del impulso para eliminar los síntomas de la neurosis. Sin embargo, considero que esta concepción resulta equivocada pues lo que realmente ocurre es el cambio de una neurosis por otra. Estoy afirmando que el trabajo centrado en la catarsis genera grados de psicopatía, y esto, por supuesto, amerita una justificación.

En su Análisis del carácter Reich dice: "Toda neurosis se debe a un conflicto entre demandas instintivas reprimidas -que incluyen siempre tempranas demandas sexuales infantiles- y las fuerzas represivas del yo. El conflicto sin resolver se expresa en el síntoma neurótico o en el rasgo neurótico de carácter. El requisito técnico para la solución del conflicto es, por consiguiente, la resolución de la represión."

De aquí podemos concluir que el modelo que sustenta la aportación reichiana es: impulso / defensa. Por tanto, al terapeuta le corresponde ponerse del lado del impulso y en contra de la defensa para que, una vez recuperada la posibilidad "natural" de gratificación, desaparezca el síntoma. Ahora bien, cuando el terapeuta se pone del lado del impulso define ante su paciente el hecho de que expresar lo impulsivo no solamente es correcto sino sano y deseable. Esta nueva perspectiva ante el impulso favorece el desbordamiento de la sexualidad y, con ello, hay un retroceso hacia el principio del placer. Esto dificulta tanto la capacidad de demora como la de planeación.

Ciertamente se obtienen algunos beneficios a corto plazo -como la disminución de angustia, ansiedad y otros síntomas neuróticos-, pero a costa de diversos grados de psicopatía que, por definición, está libre de sentimiento de culpa. Esto podría explicar al menos parcialmente la buena aceptación de métodos psicocorporales violentos del tipo de la bioenergética, que tienen como eje la catarsis, pero cuyas consecuencias a mediano y largo plazo son negativas.

Falta, sin embargo, discutir el concepto de W. Reich que justificaría teóricamente el hecho de ponerse del lado del impulso: la regulación espontánea, natural de la energía. En La Función del Orgasmo leemos: "Comparemos ahora la regulación moral y la autorregulación de la economía sexual. La regulación moral opera como deber. Ella es incompatible con la gratificación natural instintiva. La autorregulación sigue las leyes naturales del placer; no sólo es compatible con los instintos naturales sino que opera más bien idénticamente con los mismos." Al hablar del carácter genital, contraponiéndolo con el carácter neurótico, Reich dice: "Aquí [en el carácter genital] la energía biológica oscila entre el trabajo y la actividad sexual. Estos no se oponen; es decir, el trabajo no sirve a la supresión de la necesidad sexual, ni hay tampoco fantasías sexuales que interfieran con el trabajo. Más bien el trabajo y la sexualidad se complementan sobre la base de una sólida autoconfianza. El interés se centra, plenamente y sin conflictos, tanto en el trabajo como en la actividad sexual, impulsada por el sentimiento de potencia y la capacidad de entregarse." Todo esto ocurre, dice Reich, en el carácter genital, es decir, ahí donde no prevalece la represión y el impulso natural se expresa libremente. Esto es la autorregulación de la economía sexual.

Mi experiencia clínica y la de varios colegas me llevan a considerar que esta afirmación es esencialmente cierta; pero existe un grave error respecto a cómo recuperar en una personalidad neurótica la autorregulación de la energía sexual. Ciertamente no es el trabajo burdo de la catarsis el camino para reparar una función tan delicada de la psique. El proceso mediante el cual podría repararse la autorregulación es el trabajo introspectivo, segundo momento del análisis transpersonal. El hecho de ponernos del lado del impulso irreflexivo del ello implica el retorno al funcionamiento desde el principio del placer. Romper la coraza caracterológica es algo muy distinto: es el proceso de colaborar con la persona para que libere la energía estásica y avance por un camino de trascendencia, a través de la ruta que marcan los complejos para llegar al centro arquetipal.

La catarsis es solamente el inicio en la exploración del inconsciente; técnicamente marca el momento en que la energía estásica encuentra salida. Externamente se observa como una explosión emocional; internamente es un descubrimiento inequívoco de las razones del comportamiento sintomático y, en ocasiones, cuando es profunda y clara, hasta de sus orígenes. Pero es fundamental entender que la energía movilizada en la catarsis no se reduce a la que se encuentra en la coraza caracterológica, sino también, y de manera muy importante, a la energía ligada al complejo. Para Jung la vía regia para la exploración del inconsciente son los complejos. Cuando se trabaja sobre la coraza muscular y afloran los impulsos originales así como la manera en que se han reprimido, se están trayendo a la conciencia los complejos, con lo cual se inicia el proceso de descargarlos emocionalmente.

Según Jolande Jacobi, los complejos, "grupos de representaciones emocionalmente cargadas en lo inconsciente," deben considerarse en su aspecto negativo y positivo, pues hay que recordar que -continúa Jacobi- "Freud consideraba al complejo exclusivamente a partir de lo patológico, mientras que Jung lo concibe a partir de lo sano." Trabajar con los complejos es abrir una ruta de contacto con lo sagrado, de la misma manera que entrar al Infierno con Virgilio promete la llegada al Paraíso. "Aquí se advierte claramente -dice Jacobi- el modo de consideración finalista de Jung: lo “malo” puede considerarse también como punto de partida del “bien”; lo patológico, como fuente de una inspiración más intensa de salud." Llevando esto al trabajo con el cuerpo, cuando se presenta una catarsis entendemos una intervención a dos niveles:

    • Se suaviza la coraza caracterológica
    • Se descarga la emocionalidad del complejo; se inicia el viaje por el inconsciente.

Si entendemos la relación entre la catarsis y el complejo, estamos en el camino para comprender que dicha relación no puede limitarse a la disolución de posibles conflictos sexuales infantiles que, en su momento, dieron lugar a sintomatología neurótica. Durante este proceso entramos también en otra dimensión de fenómenos pues, como decía Jung, "existen otros complejos que jamás estuvieron en la conciencia y que, por ello, jamás pudieron ser reprimidos arbitrariamente. Brotan de lo inconsciente e invaden la conciencia con sus convicciones e impulsos extraños e inalterables." La catarsis, entonces, es únicamente el inicio cruel, la puerta de entrada al infierno mismo. Es preciso pasar por allí; pero ése no puede ser el centro, el eje de la psicoterapia. Sólo constituye la puerta de entrada.

Las terapias “reichianas” que malentienden a Reich afirman que, con el empleo de sus técnicas, el calor de la catarsis disuelve la coraza. Esto violenta el espíritu de la técnica reichiana, que busca ponerse del lado del impulso únicamente para conseguir la autorregulación de la economía sexual; es decir, no se pretende la salida incontrolada del impulso, sino favorecer que se autorregule. En La Función del Orgasmo Reich dice: "ninguna otra parte de mi teoría ha hecho peligrar más mi existencia y mi trabajo que la afirmación de que la autorregulación es posible, existe naturalmente y es susceptible de ser universal."

Siendo congruentes, si buscamos que el impulso encuentre su equilibrio y armonía por sí mismo, entonces nadie le impone reglas del exterior, se le deja fluir como a un río. En otras palabras, no existe un yo que gobierne el flujo armónico del impulso; este último, solo, de modo inconsciente, camina por el lugar correcto y en el tiempo justo. El yo está de más y, sin embargo, al centrarnos en la catarsis, lo afirmamos. El trabajo con esta orientación enfoca el aspecto negativo: la carencia del yo. Al inicio de todo trabajo catártico enfocamos el sentimiento negativo que se ha de "descargar" pues necesariamente afirmamos: yo > siento. Estoy entendiendo por yo la parte que apunta a la importancia personal, la que cree poder entender y explicar el mundo con base en la razón. No me refiero a la parte del yo que gobierna la relación concensual con la realidad cotidiana y que resulta indispensable para funcionar en la vida diaria.

La teoría reichiana carece del concepto junguiano de Sí-mismo -el ideal arquetípico de la totalidad- y, a mi parecer, por ello adolece necesariamente de un enorme vacío. La autorregulación del impulso, o sea, la actualización del carácter genital está, por definición, más allá del yo; pero en toda la teoría reichiana no se dice con qué lo suplimos. Si el yo en este nivel no solamente es innecesario sino hasta inconveniente, ¿qué hacemos? Lo único congruente consiste en proponer que lo sano es abandonarse al flujo inconsciente del impulso. La salvación es afirmar con Jung, tal como él lo hace al inicio de su autobiografía: “Mi vida es la actualización del inconsciente.”

Cuando interiorizamos en la naturaleza de cualquier emoción descubrimos su enorme impermanencia; corroboramos que a una emoción le sigue otra y otra, para regresar a la primera. Por ejemplo, podemos experimentar tristeza y, en cuanto la trabajamos catárticamente, se transforma en furia, después en decepción por sentirnos traicionados, para regresar otra vez a la tristeza y continuar en un círculo sin fin. Pero si logramos romper el perímetro de la emocionalidad, tocamos un espacio de silencio interno, más allá de todo sentimiento. Es un espacio sin tiempo, un espacio sagrado. En ese momento ya no es importante "descargar el sentimiento negativo"; es más, no hay nada que "descargar", simplemente observamos. Hemos entrado en el trabajo introspectivo.

Cuando Reich afirma la posibilidad de autorregulación del impulso, implica que está en algún punto más allá del yo, porque no existe ya ningún yo que oriente y controle. En ese momento se une a Jung, quien propone como objetivo vivir de acuerdo con la autorregulación del inconsciente. El impulso expresándose libremente, o sea, el movimiento natural del orgón del que habla Reich, es idéntico al flujo del inconsciente colectivo.

Llegamos así a la conclusión de que la catarsis no es el camino porque es una afirmación del yo, y cambiamos entonces la fórmula de: “el calor de la catarsis disuelve la coraza” por: la fuerza de la atención –es decir el trabajo contemplativo- disuelve la coraza y abre un camino de trascendencia. Ahora bien, al tocar el contenido de los complejos, la catarsis en sí misma comprueba el movimiento de la energía estásica y la entrada al terreno del inconsciente. Pero esto es solamente cruzar la primera puerta; es como calentar el automóvil en las mañanas antes del recorrido diario; de ninguna manera es propiamente el viaje. Y en esto me parece correcto insistir en que la catarsis no es ni el análisis ni el cambio: es sólo cruzar la puerta, el inicio del proceso.

Me siento muy renuente a abrir y romper con mucha velocidad y poco respeto las defensas de la persona (cosa que ocurre más para lucimiento del terapeuta y beneficio de su cuenta de banco que para ganancia del analizado). No solamente las defensas sino incluso los síntomas tienen que ser valorados ampliamente antes de intentar quitarlos pues, al igual que cualquier otro componente de la personalidad, pueden ser un factor importante y hasta fundamental en el camino hacia la salud. La explosión de la catarsis es el infierno. La persona pierde temporalmente el control y queda a merced de sus reacciones emocionales. En esos momentos es furia o tristeza, odio o confusión; y es lo más común que, cuando la reacción emocional va terminando, la persona exclame: "Y ahora, ¿qué voy a hacer con esto? Ya lo conozco pero, ¿cómo me lo voy a quitar? Ya sé que tengo una gran furia contra mi madre porque prefirió a mi hermano; o, conozco mi depresión pero ¿cómo me deshago de ella?" Es normal sentir que se está en una especie de agujero negro, sin ninguna salida. En medio de la catarsis no hay ninguna esperanza; y eso es lo que define la estancia en el infierno: el dolor en medio de la absoluta desesperanza.

Desgraciadamente, en este primer momento, contemplar la sombra es indispensable: constituye la puerta de acceso al mundo inconsciente; pero sólo es una puerta, un breve tránsito, y así debe ser entendido por el analista. Ciertamente requiere mucho valor; es como cruzar en medio de las dos esfinges que con el rayo de su mirada desbaratan a los viajeros que dudan. Es la primera de las tres puertas que, según nos narra Michael Ende, cruzó Atreyu en su viaje para consultar al oráculo del sur. Regocijarse, quedarse en ese primer momento conduce a un dolor innecesario y es una pérdida de tiempo. Además, se convertiría en otra defensa, favorecería la aparición de psicopatía. Sería como quedarse en el infierno, retroalimentando indefinidamente nuestra carencia. Después de este doloroso comienzo -siempre y cuando se viva a fondo- queda abierta la segunda puerta: el tránsito al purgatorio, tramo que se logra cuando se pasa del dolor sin expectativa al dolor con sentido y esperanza.

Técnicamente, el paso del trabajo catártico al introspectivo se va dando a medida que consideramos la cualidad en lugar de la cantidad de la emoción; es decir, cuando nos percatamos de que la naturaleza misma de los sentimientos es su constante transformación, su poca durabilidad, y no nos preocupamos más por "descargar" lo que de por sí es notoriamente impermanente. Es preferible observar las emociones, una tras otra, y centrar el trabajo en la introspección para poder llegar al silencio interno.

Segundo momento del análisis transpersonal: el trabajo introspectivo
El Purgatorio


El trabajo introspectivo, mucho más amplio y duradero que el catártico, es el viaje de lleno al inconsciente; es el eje, la columna vertebral del análisis transpersonal. Es ponernos valerosamente junto a Atreyu, frente a la segunda puerta hacia el oráculo del sur: el espejo que nos muestra nuestro rostro oculto, el contacto con el anima y el animus.

Este segundo momento en el análisis transpersonal es el más largo y detallado. La atención no está puesta en la catarsis, sino en la introspección. En lugar de una explosión emocional hay una implosión, una exploración más fina de los contenidos del inconsciente. En general, la etapa introspectiva es el conocimiento y la integración gradual del inconsciente. A la entrada del Purgatorio Dante exclama:

Ah! qué distintos eran estos pasos
de aquellos del infierno: aquí con cantos
se entra y allí con feroces lamentos.


Aunque el dolor sea igual al mirar las ramas entretejidas de los complejos, es distinto porque es un sufrimiento con esperanza. Cuando la persona da el salto de la confusión y la desesperanza y descubre un posible sentido en el drama de su vida, el dolor es soportable porque, aunque uno ve su rostro ignorante, su debilidad, las innumerables veces que se cometen las mismas equivocaciones causantes de frustración, se advierte que hay esperanza. La persona sabe que puede mejorar.

Durante esta etapa el trabajo es muy variado y, aunque mucho más silencioso que el catártico, no por eso menos cargado de emociones. Es en este momento cuando se lleva a cabo el desprendimiento gradual, el reblandecimiento de la coraza. Su técnica fundamental es la atención y el análisis de los síntomas, las emociones y los recuerdos.

Cuenta una antigua narración zen que, como último recurso antes de suicidarse, un joven desesperado llegó a consultar a un maestro. "¿Y en medio de tu vida inútil qué has aprendido a hacer?" preguntó el maestro. Después de pensarlo un momento, el joven contestó: "Sé jugar ajedrez". El maestro llamó a un monje y trajo un tablero de ajedrez, tomó una espada y sentenció: "Al que pierda le cortaré la cabeza." El joven tomó posición ganadora y entonces pensó: "¡Qué injusto que por mi vida inútil este monje, hombre esforzado y bondadoso, pierda su vida!" Discretamente fue tomando una posición perdedora. El maestro, dándose cuenta, tiró el tablero y exclamó: "Aquí no habrá vencedor ni vencido. Si mantienes este mismo comportamiento resolverás tu problema: debes estar profundamente atento y ser compasivo."

Al inicio del psicoanálisis se creía que la cura consistía básicamente en hacer consciente lo inconsciente. Sin embargo, en una reunión de la Sociedad Psicoanalítica de Viena el propio Freud -según dice Reich- modificó este concepto. Con el objeto principal de averiguar qué se requería para modificar el síntoma, además de hacer consciente lo inconsciente, se creó el seminario de técnica psicoanalítica, al frente del cual estaba Reich. Posteriormente éste publica en Análisis del Carácter las conclusiones a las que llegó y propone que la respuesta a esta pregunta se encuentra en la hipótesis económica. Cuando en las neurosis se hace consciente lo inconsciente se remueve la energía ligada al significado, pero no se actúa sobre la libido estásica. De aquí la importancia que da Reich al orgasmo, pues para lograr la liberación definitiva es imprescindible la gratificación sexual genital.

En la actualidad el comportamiento respecto a la sexualidad es mucho más libre que entonces, pero tal vez todavía estemos lejos de lograr el orgasmo total como lo describía Reich: el libre fluir de la energía orgónica o bioenergía, entendiendo que ésta es "una energía omnipresente, que existe en cada manifestación viviente, incluyendo cualquier actividad del pensamiento". "Este fluir de la energía -continúa Ola Raknes- se manifiesta después en una vida sexual sana que, según sostenía Reich, era incompatible con cualquier tipo de neurosis." Se entiende por vida sexual sana "la posibilidad de abandonarse completa y satisfactoriamente a un compañero sexual amado." Seguidamente, notó que esta capacidad incluía también la de "una concentración plena en un trabajo agradable y el liberarse de la angustia injustificada hacia otras personas, una cierta capacidad de creatividad y un cierto espíritu de aventura."

Esta postura parte, sin embargo, de una definición de neurosis limitada a la carencia. El énfasis radica en quitar un síntoma, lo que, indiscutiblemente, es de mucho provecho; pero no apunta a la posibilidad que tiene el ser humano de experimentar la plenitud. No llegar nunca a experimentar plenitud equivale a una mutilación.

Después de todo, cuando decimos que una persona está enferma, ¿de qué hablamos? ¿Qué es lo enfermo? Lo enfermo no puede ser otra cosa más que lo mutilado, o lo que se percibe equivocadamente a sí mismo como mutilado; es decir, separado. Sano es lo completo, lo total, lo Uno. Hay grados de enfermedad en todo aquel que no experimenta la plenitud. La plenitud está en la búsqueda y el encuentro del sentido de la vida. El ser humano no resolverá su angustia por hacer consciente lo inconsciente, ni por tener una vida sexual plena; eso ayuda, indiscutiblemente, pero no basta. Los miembros de nuestra especie sabemos de la finitud, sabemos que moriremos, y es preciso resolver antes el misterio de la vida y la muerte. A la manera de V. Frankl, creo que la existencia nos conmina a contestar, a descubrir el sentido de la vida, del dolor, del amor, pero eso no únicamente para saberlo racionalmente, no para creer en alguna respuesta, sino para conocer, sin asomo de duda, el por qué y el para qué de la existencia.

Finalmente, creo que la psicoterapia no es una medicina creada únicamente para resolver problemas sino, además, una vía que apunta a lo trascendente; es un proceso de parto, de parir conciencia, de encuentro con la armonía y el silencio.

El trabajo introspectivo es Sísifo cargando eternamente su piedra, una y otra vez, enredado en los laberintos de la razón; y sólo podrá liberarse cuando, yendo más allá de la razón, fundiéndose al huevo cósmico gracias a la intraversión, toque la simplicidad del Uno. La introspección es la columna vertebral del análisis transpersonal.

La Atención en el trabajo introspectivo

La atención seguida del análisis es la técnica más eficiente durante esta segunda etapa del análisis transpersonal. Al principio se buscó la abreacción y la catarsis; durante ese momento la experiencia interna es de confusión y de muchísima carga emocional. Vienen a la memoria historias y personas; el individuo se experimenta como muy desdichado. Se hacen conscientes los motivos de los comportamientos erráticos, pero en general la persona no sabe qué hacer con todo eso. Entonces se pasa al trabajo con la atención; no es preciso hacer absolutamente nada más. Se invita al acompañado a volverse un observador atento de todo tipo de sentimientos y recuerdos, acompañados siempre de una imagen que se visualiza. Como la naturaleza misma de las emociones es la impermanencia, la persona descubre que de una emoción pasa a otra, y a otra. Haciendo este trabajo de observación y de visualización necesariamente se llega a otro espacio más allá de las emociones que han sido trascendidas: el espacio del silencio. La atención trasciende lo múltiple, unifica. Este es el momento de sentarse a la mesa del pan que calma la ansiedad profunda del espíritu, de dialogar con el Yo superior para saber del juego de la vida.

La introspección en el análisis transpersonal equivale a la asociación libre en el diván psicoanalítico; es la técnica esencial del proceso terapéutico y consta siempre de dos partes:

    • un trabajo psicocorporal y
    • una visualización.
El trabajo psicocorporal puede constar de los siguientes elementos o sus combinaciones:

    1) postura
    2) movimiento expresivo
    3) respiración
    4) contacto.
La visualización depende siempre de los contenidos que trae la persona a la sesión, y es definida tanto por el analista como por la propia persona.

El trabajo introspectivo es, por otro lado, la exploración, toma de conciencia, análisis y descarga emocional del complejo. El modo en que se descubre un determinado complejo es el siguiente: dependiendo del material que trae una persona a sesión -que puede ser desde el planteamiento de su problema, un sueño, un recuerdo, una fantasía, lo ocurrido en los días pasados, etc.- y de su tipo de carácter, se le propone un trabajo psicocorporal y una visualización que despertarán una reacción emocional. Se pone atención en ella y se le acompaña con algún movimiento expresivo, lo que provocará cierta descarga. Inmediatamente aparecerá otra emoción, que se trabaja de igual manera, y éstas irán sucediéndose una tras otra hasta regresar a la primera. Descubrimos así una circularidad de emociones, cada una de las cuales posee su historia, su evento traumático y su relación con otros sucesos importantes de la vida. A todo este conjunto le llamo “la rueda de las emociones” o rueda emocional, que no es otra cosa que un complejo, en cuyo centro puede descubrirse al arquetipo.

EJEMPLOS DE TRABAJOS INTROSPECTIVOS

Análisis de un sueño


Una mujer de 33 años reporta el siguiente sueño:

Se ve caminando para entrar al edificio donde vive; cuando está por llegar a la puerta se le paralizan las piernas y no se puede mover; ella cree que llegará en cualquier momento su esposo, pero está paralizada y se empieza a desesperar.

Iniciamos con 20 min. de respiración introspectiva con la imagen del sueño (parada frente al edificio con las piernas paralizadas). Después le pedí que, sin dejar de concentrarse en el sueño, se pusiera de pie y que alternara el peso de su cuerpo en una y otra piernas mientras respiraba profundamente, exhalando todo el aire en cada exhalación. Entró a los pocos minutos a la rueda de emocionalidad, pasando alternativamente por tristeza, ira, desesperación y miedo.

En cada emoción ampliaba, y así continuó hasta que reportó algo negro y pesado en su espalda que le hizo tirar codazos hacia atrás. En ese momento le pedí el nombre de lo que sentía en la espalda y, con rostro de asombro, dijo: ¡es mi madre!

Otro ejemplo

Durante una sesión de respiración introspectiva la persona descubre que su vida ha transcurrido sin un proyecto medianamente claro. Entonces se plantea la pregunta: ¿cuál es la tarea de mi vida? o ¿qué trabajo es indispensable que termine antes de morir?

Este tipo de preguntas recuerda un poco el estilo del trabajo con un koan en la práctica del zen, pero aquí no llegamos a niveles tan profundos. La pregunta se reduce posteriormente a una palabra, por ejemplo: ¿cuál? o ¿qué?, y con esta palabra en mente se continúan los períodos de respiración introspectiva.

Al trabajar de esa manera se vuelve probable que a la siguiente sesión la persona traiga un sueño aclarador. El trabajo con el sueño empieza generalmente por ser catártico, para pasar, tal vez en una misma sesión, al trabajo introspectivo. Supongamos que el sueño consistió en ver en un sótano una jaula con un pájaro. Después de hacer ampliaciones, se dirige una inducción ligera; se invita a la persona a descender al sótano, donde puede ocurrir una catarsis. Tiene miedo y grita, pero el temor se desvanece rápidamente cuando llega frente a la jaula donde está el pájaro, porque descubre que el pájaro es su corazón. Hay mucha tristeza al contemplar frente al espejo el corazón largamente encerrado debido al miedo de volver a ser traicionado -como ocurrió en el pasado cuando, siendo ella niña, falleció su madre. Empieza pues el trabajo de rescatar el corazón: la vida amorosa. Para ello se propone otro trabajo introspectivo, por ejemplo, sentarse con la espalda recta, poner las manos sobre el pecho y hacer movimientos circulares muy lentos con los brazos mientras se emite suavemente un sonido que vibra en el pecho.

El trabajo introspectivo es muy variado, pero en cada caso debe estar hecho a la medida de la persona que está trabajando. Es creado en el momento por el acompañante, que hace surgir ideas del saco de sus recursos: su propio análisis, su práctica con otros pacientes, su creatividad. En todos los casos incluye una postura, una forma de respirar y un movimiento expresivo realizado lentamente; puede incluir también un sonido con la exhalación que vibra en alguna parte del cuerpo.

Tercer momento del análisis transpersonal: el trabajo contemplativo
El Paraíso


En las puertas del Paraíso Dante recibe la visita de Beatriz, quien lo conducirá al Cielo. Pero Virgilio le ha advertido poco antes que él no puede acompañarlo porque le está prohibido el acceso.

Me volví a la izquierda con el mismo respeto
con que corre el niño hacia su madre
cuando tiene miedo o cuando está afligido,
para decirle a Virgilio: “No ha quedado en mi cuerpo
una sola gota de sangre que no tiemble:
reconozco las señales de mi antigua llama.”
Pero Virgilio nos había privado de sí.


Y es que nadie puede entrar al paraíso sino solo, ayudado por la fuerza de su anima. La verdad es que ningún maestro o terapeuta cura ni enseña a nadie. Es únicamente la expresión libre y espontánea del inconsciente, la energía orgónica autorregulada y liberada de la dualidad la que te guía. El trabajo contemplativo puede entenderse como la integración a la vida cotidiana de los descubrimientos del trabajo introspectivo, y es, además, el proceso de traer a la conciencia los tesoros encontrados en lo profundo del inconsciente.

El trabajo psicoterapéutico más profundo que puede hacerse es la atención sin análisis, la observación pura. Inicialmente fue necesario analizar, buscar en el pasado para descubrir la causa -siempre incompleta- de tus síntomas y problemas. Después hubo que remover la libido fijada en el cuerpo para obtener el reflejo del orgasmo y la genuina sublimación. Finalmente, te das cuenta de que no hay nada que remover ni sublimar, todo es como un juego en el devenir circular del tiempo en eterno retorno; aprendes a llorar y reír, a morir y nacer, eres frágil y fuerte, completo e incompleto. La contemplación te lleva a la experiencia fundamental: la que está más allá de toda desesperanza, de cualquier suceso pasajero, de cualquier duda; la que muestra de manera evidente, sin posibilidad ni necesidad de discusión, el sentido de la vida; pero no para decir creo, sino para exclamar . Cuando se dice , sin una sola brizna de incertidumbre, se está manifestando un cuerpo-mente en estado de salud; se ha completado la individuación.

Para averiguar si nos encontramos en estado de salud propongo tres criterios: el dolor, la plenitud y el silencio.

    • El dolor se ubica siempre en la frontera del nacimiento y de la muerte; es el mensajero alado del inicio de cualquier cosa, y te mantiene atento para descubrir el nuevo regalo que ha llegado a tus manos. Saber descubrir el sentido del dolor en cada evento es muestra de salud. El que se desintegra o desequilibra ante el dolor es un enfermo. El que lo evita a toda costa se pierde la enseñanza de un maestro.
    • La plenitud es la certeza interna de no ser carente, de estar completo.
    • A diferencia del placer, al que le sigue un grito, a la plenitud le sigue el silencio, el silencio profundo del dolor comprendido, el de la completa satisfacción que, por eso mismo, no apunta a ningún sitio.
El trabajo contemplativo en el análisis transpersonal concluye cuando se vive sabiendo genuinamente en cada caso el sentido del dolor, con la compañía constante de la plenitud y en profundo silencio, donde el tiempo es eterno y los humanos, dioses.

Esta afirmación nos lleva de la mano a definir que existe una relación entre la psicoterapia y la espiritualidad. Me gustaría ahora hacer una reflexión sobre algunas ideas del budismo zen y de la psicoterapia para lo cual es importante contar con un paradigma que reúna estas dos manifestaciones del ser humano: la psicoterapia y la espiritualidad. La energía -o lo energético- es la clave en este encuentro. Energía, materia, mente, cuerpo, emociones, conciencia, espíritu... ¿Qué es todo esto? ¿Podemos encontrar algún tipo de hilo conductor que nos permita comprender todas estas manifestaciones de la vida humana dentro de un contexto amplio y global?

Quisiera hacer referencia al experimento en física cuántica de Paul Durac. Este físico francés fue uno de los padres de la física cuántica. Para realizar este experimento hizo primero el vacío en un espacio determinado. Después inyectó cierta cantidad de energía y estudió el movimiento, la dinámica de esta energía. Esta energía, en principio invisible y amorfa, rápidamente se concentró en una partícula material subatómica, y esta partícula subatómica rápidamente volvió a desintegrarse como corpúsculo y adquirió de nuevo la forma de energía, de onda. Este experimento resultó sumamente importante para comprender la naturaleza del mundo material

Cuando vemos, por ejemplo, una mesa o una columna de piedra, las vemos como algo finito, acabado, estable, continuo en el tiempo. Y, sin embargo, esto que nosotros llamamos 'materia inerte' está pulsando también, está continuamente pulsando, está viva, entendiendo como vida todo aquello que pulsa, que se mueve. Los elementos subatómicos de cualquier forma material están continuamente pulsando, y esta pulsación tiene dos polos principales: por una parte, transformación de la materia en energía; por otra, transformación de la energía en materia. Esta pulsación, esta polaridad, descubierta recientemente por la física cuántica es algo que ya conocían, aunque no de manera científica, las antiguas tradiciones espirituales de Oriente, especialmente el taoísmo y el budismo. En el taoísmo la pulsación fundamental se conoce como yin -yang; en el budismo es la base misma de la sabiduría descubierta y transmitida por el Buda Shakyamuni. En el Sutra de la Gran Sabiduría (Maka Hannya Haramita Shingyo, en japonés) encontramos la siguiente frase:

Shiki soku ze ku
Ku soku ze shiki


El término ku designa la vacuidad, la naturaleza misma de todo el mundo manifestado. Shiki designa los fenómenos, la realidad fenoménica, todo aquello que podemos percibir, ver, oler, medir, sentir. Esta frase es fundamental en el budismo. Implica que la vacuidad ku se convierte continuamente en fenómeno shiki y que los fenómenos se convierten continuamente en vacuidad; esto es exactamente idéntico al experimento de Paul Dirac: de la vacuidad surge un movimiento, una energía que se manifiesta también en el mundo humano, una energía que llena el cosmos entero. Es la energía cósmica, la vitalidad cósmica. La vida humana es fruto de esta energía. En la vida humana esta energía se articula principalmente en cuatro niveles: corporal, emocional, mental y espiritual

    • En el nivel corporal, la energía vital se vuelve tan densa que se materializa, se cosifica, se solidifica.
    • El nivel emocional expresa la capacidad que tiene la energía para moverse. Aquí nos encontramos con la energía organizada como movimiento, como creatividad, es decir, en su función dinámica. Es oportuno recordar que el término 'emoción' está emparentado etimológicamente con el término 'movimiento'. Ambos proceden del latín motus. Esto es fácilmente comprensible. Nos movemos impulsados por aquello que nos motiva, que nos emociona, ya sea por una motivación positiva de deseo, de amor, de apego, o por una emoción negativa de rechazo y de aversión.
    • El tercer nivel en el que la energía cósmica se organiza en la vida humana es el mental. La mente humana es la manifestación de la capacidad que tiene la energía de operar sobre sus propios procesos mediante la reflexión, la cognición intelectiva y la acción que surge de tal conocimiento. Debido a nuestra capacidad reflexiva y cognitiva, los seres humanos podemos influir sobre muchos procesos energéticos, tanto humanos como no humanos. Esto representa un nivel de organización energética superior, es decir más complicado que, por ejemplo, el que poseen los seres del reino mineral, vegetal y del resto del reino animal. Esta mente debe ser considerada, pues, como otro nivel de manifestación de la energía cósmica fundamental.
    • El último nivel es el espiritual, el nivel de la conciencia. Desde este punto de vista, podríamos definir la conciencia como “la capacidad que tiene la energía de ser ella misma, de verse a ella misma, de ser consciente de ella misma; en definitiva, de ser, de alcanzar su máxima identidad."
En la vida humana, la energía cósmica va articulándose desde los niveles de organización más simples a los evolutivamente más complejos. Esto es, desde el primigenio óvulo fecundado hasta el estado de un Buda plenamente despierto. En este proceso evolutivo encontramos que la energía contenida en el óvulo fecundado va tomando, en primer lugar, la forma de cuerpo humano. En el próximo nivel de organización aparece la vida emocional; después, la vida mental y, por último, la vida espiritual o la aparición de una conciencia superior de ser.

En el budismo se dice que la naturaleza esencial de nuestra vida es la conciencia. La vida es conciencia, surge de la conciencia y desemboca en la conciencia. El término 'conciencia' debe ser entendido aquí como origen de la energía y también como la forma más elevada de energía, su último nivel de organización.

En el budismo esta conciencia recibe también el nombre de clara , o luz original. Esta es nuestra auténtica naturaleza. Esto es lo que realmente somos. Esta clara luz que somos aquí y ahora no es estática; más bien es pulsátil. Pulsa, y esta pulsación oscila entre dos polos:

    • máxima densificación (movimiento hacia la materialización, energía trasformándose en materia) y
    • máxima sutileza (materia transformándose en energía).
Desde esta perspectiva, el instante de la concepción de una nueva vida humana puede ser entendido como el momento en el que cierta cantidad de energía alcanza su máximo nivel de densificación, de materialización. La energía acaba de convertirse en materia, la onda acaba de convertirse en corpúsculo. En el momento de la concepción, cierta cantidad de energía cósmica difusa se concentra en un corpúsculo muy pequeño, cuyo potencial es muy elevado, con una densidad material tan enorme que a partir de él se van a desplegar todas las potencialidades de la vida humana (incluso la potencialidad de destruir el planeta).

A partir del óvulo fecundado, la energía contenida en él experimenta un proceso evolutivo en el que cada nuevo nivel de organización será superior, más complejo que el anterior. Estos niveles son modalidades de ser. En cada uno de estos niveles, el ser se percibe a sí mismo de manera distinta. Estas distintas maneras de percibirse a sí mismo se relacionan directamente con cada uno de los niveles de organización que la energía va adoptando en su proceso evolutivo. De acuerdo con la psicología evolutiva podemos hablar del ser:

    • perinatal (gestación, nacimiento)
    • físico sensorial (aparición de la conciencia de ser un cuerpo separado del cuerpo de la madre)
    • emocional libidinal
    • mental-representativo
    • mental-operacional
    • mental-reflexivo formal
    • mental-lógico existencial
    • espiritual
    • plenamente despierto a la conciencia de ser lo que realmente es: clara luz, energía pura.
Este proceso que va desde la concepción hasta la clara luz es un movimiento de reabsorción de la materia y trqansformación en energía.

El proceso que va desde la clara luz hasta la concepción es un movimiento de transformación de la energía en materia.

Una vez aquí creo que podemos vislumbrar los interesantes puntos de contacto que hay entre el descubrimiento de Reich de la pulsación vital, las teorías de la física cuántica y la enseñanza tradicional del budismo zen: la energía cósmica se manifiesta siempre en forma pulsátil. La vida humana, al ser una expresión de esta energía, también sigue este movimiento pulsátil.

Para Reich las patologías físicas, emocionales y mentales (y todos los sufrimientos que ocasionan) responden a una disfunción (impedimento) de la pulsación energética que en un ser humano sano se presenta en forma espontánea y natural. La tarea que Reich emprendió fue la de restablecer, mediante su técnica terapéutica, esta capacidad pulsátil de la energía a nivel corporal, emocional y mental.

De acuerdo con la física cuántica, la energía en forma de ondas está continuamente transformándose en energía corpuscular, y los corpúsculos están continuamente transformándose en ondas. Esta es la pulsación básica del mundo subatómico, es decir, la pulsación básica de nuestra realidad.

Para el budismo zen, la vida está continuamente transformándose en muerte y la muerte en vida. La vacuidad se vuelve fenómeno, los fenómenos se vuelven vacuidad. Según un viejo principio hermético: "Lo que es arriba es abajo. Lo que es abajo es arriba.”

Resumiendo lo anterior, podríamos decir que del macrocosmos al microcosmos la energía vital pulsa desde un máximo nivel de sutileza (máxima expansión de la energía) hasta un máximo nivel de densidad (máxima concentración de energía). Este principio es válido en cada uno de los diversos niveles de organización de la energía, desde las partículas subatómicas hasta las estrellas y las galaxias, pasando por las amibas, el cuerpo humano, la mente y las emociones humanas, hasta llegar al pleno despertar de la Conciencia. Favorecer la evolución es favorecer la pulsación de la energía en cualquiera de sus niveles de organización.

Desde el punto de vista del budismo zen, la energía cósmica pulsa o gira continuamente en la llamada Rueda de la vida y de la muerte o Rueda del samsara: desde la clara luz, o principio y fin de todo proceso energético (máximo nivel de sutileza) a la concepción (máximo nivel de densidad), y desde la concepción hasta la posibilidad de reabsorción en la clara luz que sobreviene con la muerte.

Tomar conciencia de que somos clara luz y, por tanto, vivir y morir de acuerdo con esta certeza es la meta última de la vida humana. Así, el objetivo de la práctica espiritual consiste en desarrollar esta conciencia, en despertar a esta verdad. Según las enseñanzas del Buda Shakyamuni, la existencia humana es sufrimiento cuando se vive en la ignorancia. En este contexto ‘ignorancia’ significaría la negación de la pulsación energética vida-muerte-vida-muerte o, para la física cuántica, energía-materia-energía-materia o, usando terminología reichiana, carga-descarga-carga-descarga. Al apegarnos a un estado momentáneo de la energía, los seres humanos tratamos de paralizar el proceso energético que por su propia naturaleza es dinámico y pulsatil. La enseñanza del Buda tiene como fin ayudarnos a disolver el apego a nuestra existencia de seres individuales (corpúsculos) y despertarnos a nuestra verdadera realidad: somos un proceso energético o energía dinámica (onda). Somos ondas de energía que eventualmente adoptan la forma de cuerpo, emoción, mente y conciencia.

En mi opinión la terapia reichiana también tiene como fin desbloquear tensiones mentales, emocionales y corporales con objeto de que la energía vital pueda vibrar y pulsar naturalmente en el individuo. Y cuando la energía vital fluye naturalmente a nivel corporal, emocional y mental se da espontáneamente una apertura al ámbito espiritual, a lo trascendente, ya que se comprende empíricamente que somos mucho más que un cuerpo y una estructura emocional mental. Por ello creo que el despertar a la vida espiritual es el resultado último de cualquier proceso terapéutico integral.

A la inversa, no me parece que pueda desarrollarse una vida espiritual plena cuando la energía vital no pulsa óptimamente en los niveles básicos del ser, es decir el corporal, el emocional y el mental, de la misma manera que las aguas de un río no pueden desembocar espontáneamente en el océano cuando su curso ha sido interrumpido en algún punto de su recorrido.

No hay, pues, contradicción, sino una profunda complementariedad entre el enfoque psicoterapéutico y un camino espiritual como vías para ampliar el nivel de la conciencia. La psicoterapia se ocupa de desbloquear la pulsación de la energía vital en los niveles corporal, emocional y mental del ser, y las vías espirituales hacen lo mismo en el nivel espiritual.

Todos los niveles del ser (corporal, emocional, mental y espiritual) son manifestaciones de la misma energía cósmica, que se organizqa en cada uno de estos niveles siguiendo una dinámica pulsátil:

concentración expansión, simplicidad complejidad,
condensación disolución, carga-descarga.


En el momento de la muerte, toda la energía concentrada condensada en el individuo (corpúsculo) se expande disuelve en el río de la energía cósmica (onda) que antecedió al nacimiento del individuo y sucederá a su muerte. A su vez, esta energía en forma de onda volverá a materializarse en un corpúsculo concreto en el momento de la concepción. Esta es la “Rueda de la vida y de la muerte.” Este es el flujo universal de la energía.

Todas las disciplinas humanas que favorecen el conocimiento, la aceptación y la fluidez de esta realidad brindan una ayuda inestimable a los seres humanos. Este es el caso de la terapia reichiana. Wilhelm Reich desarrolla a partir de los años 40 un trabajo que da a conocer con el nombre de Orgonomía y cuyo objeto de estudio es la energía vital y su aplicación en los distintos ámbitos de la vida. A esta energía vital Reich le dio el nombre de orgón. Su trabajo de investigación lo lleva a proponer una hipótesis revolucionaria; y posteriormente, junto con su equipo de colaboradores, elabora una metodología para la aplicación de estos conocimientos pluridisciplinarios desde una óptica epistemológica. Se trata de lo que el propio Reich llamó “funcionalismo orgonómico.” Es un concepto bastante desconocido, entre otras cosas porque gran parte del material en cuestión no sólo no se ha traducido del inglés sino que sólo se encuentra en versión microfilmada.

Desde la perspectiva del funcionalismo orgonómico, la vida humana se percibe como una vida muy especializada, con una estructuración muy especializada de la energía cósmica. Formamos parte de un todo. Reich, partiendo de su experiencia clínica, de su investigación de laboratorio y de su trabajo con la primera infancia fue acercándose a la idea de que la pulsación biológica constituía el movimiento básico de la energía vital. Esta pulsación biológica es la que hace posible, dentro de una dinámica con una función y unos objetivos específicos, el desarrollo tanto de la vida humana como de cualquier otro tipo de vida. Un quantum energético queda encerrado dentro de una membrana y -gracias a lo que Reich llamó “proceso de superposición energética”- desarrolla vida dando lugar a una materia concreta y unas funciones concretas. Ese proceso de estructuración energética especializada dará por resultado el animal humano, cuya particularidad fundamental es la capacidad de amar. Esa capacidad de amar y de vivir la sexualidad amorosamente está íntimamente vinculada al movimiento biológivo de pulsación porque la capacidad de amar es lo que instintivamente nos aproxima a lo vivo y a aquello de lo que todos formamos parte.

En esta estructuración energética especializada existen funciones psíquicas, cognitivas, mentales y funciones somáticas corporales. Dentro de las funciones corporaes se encuentra la vida emocional, el sistema nervioso vegetativo. Desde el punto de vista de Reich, es la armonización de dichas funciones lo que permite hablar de salud, de equilibrio y de contacto. La capacidad de contacto –característica que nos diferencia de otros seres vivos- no es ni más ni menos que la posibilidad de estar en contacto con aquello que nos da vida, que mantiene la vida y a lo que tendemos a volver: es el océano cósmico.

Esta síntesis armónica de funciones es el ideal de salud; es literalmente un objetivo de vida. Ser capaz de desarrollar las funciones específicas del ser humano y al mismo tiempo conservar intactas las funciones específicas de lo vivo (carácter genital) con una percepción de la realidad no parcializada sino holística sería la síntesis del cielo y la tierra; equivaldría a encontrar el Paraíso de Dante. En esta visión global de funciones caben todas las facetas de lo humano, incluyendo, por supuesto, el ámbito de lo espiritual que, desde mi punto de vista, está implícito en esa capacidad de contacto. Cuando hay contacto existe capacidad de sentir la vida, de sentir el océano energético, y eso es precisamente lo que identificamos como espiritual.

La corriente energética libre nos permite la integración de funciones específicas del animal humano y las funciones vitales y energéticas en general. Pero por desgracia estamos, como todo lo vivo, influidos por un ecosistema. Ese ecosistema condiciona la potencialidad de lo vivo. Si una planta no se riega, se muere; o si a un árbol no le damos el suficiente cuidado, como decía Reich, crece torcido. Concretamente, el animal humano está bastante torcido desde hace miles de años. El animal humano se distingue por su capacidad no de amar sino de destruir su realidad cotidiana, su potencialidad.

Cuando la pulsación energética, los procesos instintivos, se ven limitados, manipulados, condicionados desde la vida intrauterina por dinámicas familiares, sociales, culturales que están lejos de lo que es el principio de la vida, se crea una estructuración energética alterada. Este sistema tiende a alejarse lo menos posible de su capacidad para ser funcional; pero, dado que está alterado, tiene necesariamente que adaptarse, tiene que compensarse, y esto significa siempre cierta desestabilización, cierta distorsión. Esa distorsión se mantiene mediante un sistema de defensa al que Reich describió como “coraza”.

La coraza caractero-muscular evita la integración de funciones psicosomáticas y, por tanto, limita el contacto con lo vivo y con el océano energético. Esta imposibilidad de contacto crea una distorsión perceptiva: o bien nos quedamos con una óptica puramente mecanicista de la vida, o bien tenemos sólo visiones místicas, porque la coraza o estructura de carácter significa, sobre todo, especialización de funciones, parcialización.

Así pues, si desarrollamos más las funciones somáticas corporales, vamos a ser personas muy emocionales y muy activas, pero necesariamente las funciones cognitivas estarán menos desarrolladas. O vamos a desarrollar mucho las funciones cognitivas y, como consecuencia, no nos va a interesar mucho nuestro cuerpo y nuestras emociones no van a desempeñar un papel muy significativo. Podríamos desarrollar algunas funciones energéticas específicas, como capacidades mediúmnicas o intuiciones trascendentales, pero difícilmente podríamos integrarlas con las funciones cognitivas y muy probablemente llevaríamos una vida emocional y psíquica desastrosa. Lo difícil es encontrar el equilibrio y -usando terminología de Reich- la integración de funciones, la armonía de las distintas particularidades de lo vivo en el caso concreto de lo humano. Independientemente de las particularidades de cada estructura de carácter, hay un rasgo común a todas: la tendencia al embrutecimiento. Nos habituamos a una dinámica que nos separa cada vez más de aquello que es la esencia de la vida, porque la coraza, que se vuelve un modo de percepción, nos impide llegar precisamente a lo esencial. Esto es lo que Platón describe en el mito de la caverna como “vivir en las sombras.” ¿Cuál es el medio para salir de esa dinámica de contracción permanente, de embrutecimiento? ¿Cómo podemos dirigirnos hacia el amor, la expansión y la integración de funciones: emoción, espiritualidad, humanidad

El primer problema con el que nos topamos es cómo conocer realmente las particularidades del animal humano ya embrutecido dentro de su coraza; y, en un ecosistema concreto, cómo podemos detectar las relaciones entre lo cultural y lo biológico. ¿Qué elementos son aquellos que más distorsionan y más fomentan la formación de la coraza, y qué tiene que ver todo esto con las dinámicas clínicas y las enfermedades?

De alguna manera somos ángeles caídos, desterrados de algún lugar que simbólicamente no es ni más ni menos que la posibilidad de contacto con la vida y la armonía.

La posibilidad de volver al Paraíso depende de tres factores:

    • Un ecosistema social apropiado. Sería necesario realizar cambios en el ecosistema social. Me refiero sobre todo a medidas preventivas a nivel infantil para que el niño y la niña no vayan perdiendo la capacidad específica de sentir la vida. ¿Qué medios sociales, educativos e incluso ecológicos permiten que se desarrolle la vida en un ambiente de armonía entre la naturaleza y la cultura?
    • Al mismo tiempo, hay que tomar en consideración el ritmo biológico de cada persona antes de instarla a recuperar su capacidad de contacto. Es el ritmo biológico individual el que favorece un mayor contacto o fomenta un mayor embrutecimiento y propicia aislamiento y miedo. De no respetarse este ritmo biológico se corre el riesgo de que el miedo rigidice aún más la coraza.
    • Trabajar en psicoterapia o, mejor dicho, con ciertas psicoterapias diseñadas para romper la coraza y, así, permitir que el yo se expanda libremente, sin temores, y recupere la capacidad de contacto, de percepción oceánica y de abandono orgástico.
Ahora bien, suponiendo que estamos consiguiendo esa dinámica personal de mayor contacto y nos acercamos a un mayor equilibrio. Sería no sólo factible sino recomendable profundizar el cambio, para lo cual es necesario considerar ciertos aspectos de nuestra vida cotidiana.

    1. Uno de ellos es el silencio: la posibilidad de encontrarnos con nuestro propio momento, con nuestro aquí y ahora. El silencio supone encontrarnos con el infierno que llevamos dentro y preguntarnos qué medios necesitamos para pasar por ese infierno. Buscar el silencio supondría, por tanto, facilitar lo que normalmente no hacemos, es decir, mantenernos en contacto con nosotros mismos. La meditación es un medio.
    2. Otro elemento fundamental es el contacto con la naturaleza en su totalidad (es decir, incluyendo los principios animistas o chamánicos a los que haremos referencia más adelante). El objetivo es potencializar la aproximación a aquello de lo que somos parte; poder llegar a sentir que somos parte de eso.
    3. Darnos cuenta de que lo cotidiano, el día a día y lo que cada uno de nosotros hacemos nos está enseñando continuamente las verdades de la vida. Hay una frase de un situacionista francés que dice "hay más verdad en 24 horas de la vida de una persona que en todos los tratados de filosofía." Si sabemos verlo podemos aprender de cualquier cosa que estemos realizando o que ocurra a nuestro alrededor. Si sabemos mirar sintiendo lo vivo, podemos tener tesoros que no cuestan dinero: el viento, el sol, la lluvia, el contacto con lo cotidiano a través del trabajo, de las vías del conocimiento, a través del crecimiento de los hijos, de la amistad... Todos éstos son elementos que nos deberían acercar a la vida, al contacto con la vida.
    4. Y, por último, promover nuestra capacidad de entrega y de amor mediante el contacto con esa persona en especial que nos permite la posibilidad de abandonarnos, de experimentar lo que Reich describió como el abrazo genital. A través del placer sin temor, de esa experiencia orgástica de perderse en el otro es posible desarrollar el contacto con la vida.
Desde mi punto de vista, estos cuatro elementos desempeñan un papel muy importante en el movimiento hacia la totalidad del ser evolucionado. Lo que restaría es emprender una vía de desarrollo, un camino de aprendizaje –del que podríamos hablar más tarde- que nos permita recuperar aquello que ya está ahí y que constituye la esencia de lo humano.

De acuerdo con el budismo, el principal bloqueo de nuestros sentimientos es la ignorancia. Es la ignorancia la que nos impide conocer las respuestas a preguntas como ¿qué es el proceso cósmico? ¿qué es nuestra vida y como funciona? Usamos la mayor parte de la energía vital de la que disponemos en la lucha por la supervivencia. Vivimos con una conciencia de supervivientes. En esta supervivencia experimentamos muchas clases de sufrimientos en los cuatro niveles de nuestro ser: sufrimientos corporales, emocionales, mentales y espirituales. Esta ignorancia se manifiesta de muchas maneras, pero para quienes vivimos en civilizaciones dominadas por valores occidentales, la forma más características es la de 'confusión mental'. Las culturas llamadas occidentales están atrapadas en el nivel mental, lo que quiere decir que vivimos confundidos por los conceptos y las imágenes mentales que genera nuestra mente; que reaccionamos más a las imágenes mentales que a las cosas en sí. Por ejemplo, reaccionamos más con el término árbol, con la palabra árbol, con la imagen mental que tenemos de un árbol que con el árbol mismo.

Las civilizaciones occidentales han promovido el hiperdesarrollo de la mente conceptual, en perjuicio de los demás niveles de nuestro ser, a saber, el nivel corporal, el emocional y el espiritual. Al estar atrapados en el nivel mental todo lo reducimos a los conceptos e imágenes que nuestra mente pueda crear. Por ello vivimos enajenados, separados de nuestro cuerpo, de nuestras emociones y de nuestro espíritu.

El ego es la imagen que cada uno tiene de sí mismo. Sin embargo, la mayor parte de las veces dicha imagen no tiene nada que ver con lo que realmente somos. La imagen que cada uno tiene de sí mismo ha sido condicionada por la educación, por el sistema social y por la cultura. Cuando, por ejemplo, un occidental se mira a sí mismo generalmente no toma en consideración su funcionamiento corporal, y muchas veces ni siquiera su vida sexual; además, no están incluidas en esa imagen su capacidad emocional ni sus necesidades y tendencias espirituales.

La práctica del Zen es una vía para romper esa imagen mental ilusoria, falsa que tenemos de nosotros mismos y, por ende, de la realidad.

La práctica del zen está basada esencialmente en la práctica de la meditación en la que se incluyen y se desarrollan los cuatro niveles del ser. Es una práctica de meditación en la que la postura corporal es sumamente importante. Al principio la postura para sentarnos a hacer zazen nos resulta muy difícil a los occidentales. ¿Por qué? Simplemente porque no tenemos conciencia corporal, porque no conocemos nuestro cuerpo, porque no estamos en contacto con nuestro cuerpo. Inmediatamente después nos percatamos de que la mente está disparada. Tenemos incontinencia mental, hiperproducción conceptual. Además de esto, empezamos a advertir que tenemos por ahí una cosa pesada y densa que se resiente por todos lados: el cuerpo.

La práctica de zazen es el punto clave para romper esa imagen ilusoria que tenemos de nosotros mismos, eso que hemos llamado ego. Por una parte, el zazen nos ayuda a tomar conciencia de nuestra naturaleza emocional y corporal y, por otra parte, nos permite trascender el funcionamiento conceptual, la mente cognitiva, para entrar en un reino de ser y de existencia al que podemos llamar espiritual o transpersonal y que tiene sus reglas específicas, sus reglas cognitivas distintas de las que prevalecen en la mente racional y conceptual.

La meditación zen, por una parte, nos ayuda a tomar conciencia de los niveles evolutivos anteriores que hemos reprimido u olvidado: el corporal y el emocional. Debido a esto, la práctica de la meditación nos puede llegar a mostrar que hay lesiones importantes en nuestro desarrollo, en nuestra conciencia corporal y emocional. Si esto es así, entonces es necesario un tratamiento específico. Este tratamiento es el que proporciona la psicoterapia.

Por otra parte, cuando hemos logrado la integración personal necesaria entre el cuerpo, las emociones y la mente, y hemos establecido un equilibrio justo y armónico entre esa tríada, la práctica del zen nos permite tener acceso a los reinos superiores de nuestro ser (superiores en cuanto a su mayor nivel de complejidad, mayor nivel de sutileza y mayor nivel de acercamiento a nuestra auténtica naturaleza).

Por esta razón considero que es muy importante que los profesionales de la psicoterapia, quienes se ocupan de favorecer la ampliación de la conciencia y la armonía corporal, emocional y mental, y quienes estamos comprometidos en vías espirituales, encontremos un lenguaje común y estemos plenamente conscientes de que el ser humano es una totalidad. Si el psicoterapeuta clínico aborda a una persona desde una visión mecanicista o parcial, el tratamiento será parcial y mecanicista. Si tiene una visión holística del animal humano, se acercará desde un punto holístico. Necesitará estar constantemente conociendo cosas y no conociéndolas sólo mentalmente. Es fundamental, por tanto, la continua experimentación personal del psicoterapeuta para, por una parte, poder colocarse en una posición que permita estar realmente en contacto con el otro y, por otra, para utilizar medios que le permitan estimular el avance de su acompañado en un camino que el propio psicoterapeuta debe haber recorrido previamente, no en libros sino mediante su proceso de maduración personal.

Hay que ser lo suficientemente humildes para reconocer que uno solo se encuentra tan embrutecido que sin ayuda podría no ser capaz de superar su propia ceguera. El camino de la verdad pasa, como hemos visto, por el infierno, así que ya no nos sorprendería encontrarnos frente a una crisis. ¿Por qué temerle tanto al conflicto, o al sentimiento de soledad o de desesperación, o al dolor, o a la enfermedad? Todo esto nos está señalando el punto en donde estamos; nos está hablando de la posibilidad mayor o menor de acercarnos al Conocimiento (así, con mayúscula). A partir de la crisis surge la transmutación y el cambio. La salud y la paz se conquistan día a día; se mantienen día a día, y se convierten en fuente de Conocimiento cuando nos acercan al conocimiento de otras personas con una actitud compasiva, tolerante y abierta.

Todos los seres sensibles buscamos la felicidad. Nadie quiere experimentar dolor o sufrimiento, por lo que mucha gente acude a los centros zen para aprender meditación, creyendo que la práctica del zen es una panacea capaz de resolver cualquier malestar y sufrimiento. Al principio de mi práctica, yo también creía que la meditación zen era una excelente vía para todo el mundo, independientemente de cuál fuera su problemática. Con el tiempo me he ido dando cuenta de que esto no es así. Incluso he podido comprobar cómo la meditación zen exacerbaba ciertos conflictos y tensiones en algunas personas. Pero también he podido comprobar que yo mismo y mucha gente que ha continuado la práctica de zazen durante años hemos alcanzado una identidad más clara, una mayor estabilidad, una felicidad más profunda y una paz más duradera.

He llegado a la conclusión de que mientras no tengamos un ego medianamente integrado, una personalidad con sus componentes corporales, emocionales y mentales medianamente integrados; mientras no haya cierta integración del ego con su sombra, es muy difícil vivir realmente en un ámbito espiritual porque, aunque se tenga acceso a los reinos espirituales, si la personalidad no está bien integrada, es muy probable que aparezcan ciertos 'fenómenos místicos', que hablan de la deformación de la realidad espiritual y de un ego y una personalidad distorsionados.

Hay una escena muy bella en la película La Historia Interminable en la que Atreyu, el protagonista, tiene que superar una serie de obstáculos para que el reino de Fantasía no sea desintegrado por la Nada. Uno de éstos es un espejo que está situado en medio del desierto. Para mí esta metáfora significa que debemos atravesar la realidad aparente, abandonar el ego que creemos ser o la identidad escindida del resto del cosmos que creemos ser. Para eso tenemos que pasar a través del espejo y, lo primero que hace el espejo es reflejar la realidad, nuestra realidad básica, nuestra realidad corporal, emocional y psicológica. En la puerta de entrada al reino espiritual se encuentra un espejo como éste. Para ir más allá es precisa una profunda recapitulación corporal, emocional y psicológica. Nuestro destino como seres humanos es atravesar ese espejo. Sólo podemos hacerlo cuando hemos puesto cada uno de los niveles anteriores de nuestro ser en orden, es decir, cuando recuperamos conscientemente nuestro cuerpo, nuestra capacidad emocional y la condición de nuestra mente. Sólo entonces podemos atravesar el espejo y penetrar en los reinos espirituales. De lo contrario, los filtros de la personalidad van a distorsionar también nuestra experiencia espiritual.

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    • Lowen, A. y Lowen, L., Ejercicios de bioenergética. Barcelona, Sirio, 1988.
    • Raknes, O., Wilhelm Reich y la orgonomía. Valencia, Orgón, 1990.
    • Reich, W., La Función del orgasmo. Buenos Aires, Paidós, 1974.
    • Reich, W., Análisis del carácter. México, Paidós, 1975.
NOTAS AL PIE

    1 Dr. José Luis Paoli. Psicoterapeuta individual, de pareja y de grupo, graduado en Análisis Bioenergético por la New York Society for Bioenergetic Analysis, profesor e investigador de la UAM/X de 1980 a 2004, practicante de meditación zen desde 1976, fue discípulo de Roshi Phillip Kapleau y de el venerable Samu Sunim. Docente en Psico Tepa AC de la materia "Sueños".


Posted in Sin categoria on ene 23, 2018